Los Marineros de Colón

 


Los Marineros de Colón

En el año 1493, las carabelas de Cristóbal Colón surcaban el Atlántico de regreso a España, cargadas de oro robado manchado de sangre de guerreros Aztecas, joyas arrancadas de templos y los ecos de sacrificios profanados. La tripulación, corrompida por la avaricia y la brutalidad, ignoraba el abismo que se abría bajo sus pies. Entre ellos destacaban Walter, el navegante con cicatrices de combates salvajes; Basil, un joven despiadado cuya alma ya hedía a corrupción tras presenciar masacres; y el capitán José, un sádico con manos empapadas en la sangre de inocentes doncellas violadas y jóvenes indígenas desollados. Habían penetrado en tierras del Nuevo Mundo, pero en una incursión más allá de las islas, habían saqueado un enclave azteca oculto, robando ídolos de obsidiana negra como las almas de aquellos Españoles, a su paso fueron dejando un rastro de cuerpos mutilados.

Todo inició en la última noche en aquellas costas mexicanas, donde los aztecas, guardianes de antiguos secretos, observaban desde las sombras de pirámides derruidas. Mientras los marineros degollaban y destripaban guerreros para extraer "tesoros" de sus entrañas aún calientes, un nahual anciano —un chamán con piel tatuada en símbolos de muerte y ojos inyectados en furia divina— se acercó arrastrándose, su cuerpo cubierto de heridas autoinfligidas en rituales. Con voz como el rechinar de huesos triturados, invocó la maldición: "Que Mictlantecuhtli, el señor del inframundo sádico, los desgarre en las aguas negras. Que sus cuerpos se descompongan en agonía viva, que sus almas sean juguetes eternos en su reino de tormento, devoradas y regurgitadas sin fin". Los marineros, ebrios de sangre y poder, le arrancaron los ojos con dagas calientes y lo empalaron vivo, riendo mientras sus vísceras se derramaban como ofrendas invertidas.

Poco después zarparon al amanecer, con el viento cargado de un hedor a carne quemada y maldiciones susurradas.

Los primeros días en altamar, el océano se transformó en un pozo de pesadillas. Cadáveres hinchados de peces con ojos humanos flotaban alrededor de las naves, sus bocas abiertas en alaridos silenciosos. Waler comenzó a oír no solo susurros, sino risas maniáticas en sus oídos: voces aztecas que recitaban himnos de sacrificio, acompañadas de un dolor punzante como cuchillos de obsidiana clavándose en su cráneo. Basil encontró larvas negras retorciéndose en la comida, brotando de la carne salada como si emergieran de sus propias heridas imaginarias, y al morder, sentía dientes diminutos mordisqueando su lengua. 

El agua en las barricas se volvía espesa como sangre coagulada, con un sabor a bilis y huesos molidos, haciendo que los marineros vomitaran órganos putrefactos que no eran suyos.

La tercera noche, una niebla pestilente, saturada de olor a descomposición y humo de sacrificios, envolvió las carabelas. 

El mar se agitó en olas negras como tinta de muerte, salpicadas de espuma que quemaba la piel como ácido. 

Entonces surgió Mictlantecuhtli: no un espíritu pasivo, sino un demonio sádico y violento, una encarnación mística del inframundo azteca. 

Su forma era un horror colosal de huesos expuestos y carne podrida colgante, con piel agrietada que supuraba pus negro y burbujeante, adornada con plumas ensangrentadas y joyas de huesos humanos. 

Sus ojos eran abismos rojos donde se reflejaban almas aztecas torturadas, gritando en eterno silencio. 

Garras como cuchillas de filo delgado, dentadas y goteando un veneno que disolvía la carne lentamente, rasgaban el aire con sadismo deliberado.

 Su aliento era un vapor tóxico que corroía los pulmones, y su risa, un estruendo sádico que hacía estallar tímpanos y derramar sangre por los oídos.

El ataque fue una orgía de violencia prolongada y morbosa. Basil, congelado en la proa, sintió las garras de Mictlantecuhtli hundirse en su pecho con lentitud agonizante, rasgando costillas una por una con crujidos húmedos, como si el demonio saboreara cada fractura. 

El ente sacó el corazón aún latiendo del grumete, lo mordió con dientes irregulares y podridos, chorreando sangre caliente, mientras obligaba a mirar cómo su propio órgano sexual era devorado a mordiscos. 

No lo mató de inmediato; lo dejó colgando de la borda, con las gonadas sin piel y con sangre atrayendo aves espectrales que picoteaban sus testículos expuestos, mientras visiones místicas de altares aztecas lo invadían: espíritus de guerreros degollados riendo mientras su alma era desollada capa por capa en un inframundo de fuego eterno.

Los marineros se despertaron en un pandemonio, resbalando en la niebla mientras formas espectrales —fantasmas aztecas con pechos abiertos y corazones arrancados, ojos vaciados y lenguas cortadas— flotaban alrededor, susurrando encantamientos que hacían que la piel de los vivos se hinchara y reventara en ampollas purulentas. Walter, armado con un arpón, cargó gritando, pero Mictlantecuhtli lo atrapó con una garra, clavándolo contra el mástil y girando la hoja lentamente para maximizar el tormento. 

El demonio le abrió el abdomen de un tajo violento, sacando intestinos como serpientes vivas, y los enrolló alrededor del cuello de su cuello, estrangulándolo con sus propias tripas mientras el veneno del ente disolvía su carne en una papilla burbujeante. 

Walter sintió su alma ser succionada al Mictlán, un abismo místico donde era desmembrado repetidamente por dioses sádicos, reconstruido solo para ser torturado de nuevo en un ciclo de violencia infinita.

José, el último, se barricó en su camarote, temblando entre ídolos aztecas robados que ahora latían como corazones vivos y sangrantes. Mictlantecuhtli destrozó la puerta en una explosión de madera astillada y carne voladora, agarrando al capitán por la mandíbula y dislocándola con un chasquido brutal.

El demonio lo levantó, hundiendo garras en sus ojos para cegarlo lentamente, girando los dedos en las cuencas hasta que el gel vitreo se mezclaba con lágrimas de sangre. "Lo que tomaste será tu tumba eterna", rugió el ente con sadismo, forzando su puño podrido por la garganta del capitán del navio, expandiéndolo desde dentro hasta que el estómago reventó en una erupción de vísceras y fluidos fétidos. Lo dejó agonizar horas, con huesos expuestos y músculos colgantes, mientras espíritus aztecas lo arrastraban al fondo, donde su alma sería juguete de Mictlantecuhtli, violada y destrozada en rituales mórbidos sin fin.

Al amanecer, la niebla se disipó, revelando carabelas cubiertas de fragmentos de carne despedazada, órganos esparcidos y charcos de sangre negra coagulada, con enjambres de insectos espectrales devorando los restos. 

Las naves flotaban vacías, a la deriva, con marcas de garras profundas en la madera y un hedor mórbido que impregnaba el aire como una maldición viva. La invocación azteca se había consumado: los marineros de Colón eran ahora marionetas eternas del horror místico del océano, sus almas atrapadas en un inframundo de sadismo y violencia perpetua.

By:Ze

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